martes, 20 de diciembre de 2011

EL APRENDIZ DE IMPRENTA

   Pedir el aguinaldo era una costumbre típica de la navidad hasta hace pocos años. Las personas que diariamente se encargaban del reparto de mercancías, correspondencia, recogida de basura  y sobre todo los aprendices de cualquier especialidad profesional, aprovechaban estas fechas para obtener un dinero extra con el que poder realizar algún dispendio que de otra manera les sería imposible. Los aprendices de imprenta no podían ser una excepción, eran ellos los que disponían de los medios apropiados para confeccionar unas tarjetas mucho más originales y bonitas que las realizadas por el resto de aprendices. Las aquí reproducidas se imprimieron en épocas diferentes pero sin duda su intención fue la misma, obtener dinero de los clientes de aquellos talleres. Y en la más antigua, con el declarado objetivo de comprar los ansiados productos navideños "Turrón, Pavos y Jamón", vamos, lo más parecido a una comida de empresa de la época.
Ahora que ya nadie utilizan las tarjetas de aguinaldo y los aprendices hace años que desaparecieron de talleres y oficios, he pensado dejar testimonio de aquellos personajes, fundamentales en los talleres de imprenta, y que en su tiempo eran conocidos como Diablillos de  imprenta, y que para su desgracia siempre fueron objetos del desprecio y burlas por parte de maestros y oficiales, quienes continuamente se quejaban de su holgazanería y embustes, cuando la realidad de su miserable vida, durante el periodo de aprendizaje, era muy distinta.
   Parecería lógico pensar que los aprendices de imprenta, ya que estaban destinados a vivir rodeados de libros y manejando letras, tuvieran algo de cultura, pero en la mayoría de los casos, y sobre todo a partir del siglo XVIII era todo lo contrario, pertenecián a familias con escasos medios económicos y culturales (hacía años que habían dejado de acudir a las imprentas los hijos de letrados, abogados o personajes ilustrados). Aquellos niños de once o doce años eran los primeros en llegar al taller a las seis de la mañana para barrerlo y limpiarlo, luego debían de lavar las formas con los moldes de letras y tenerlo todo ordenado para cuando, a eso de las ocho de la mañana llegaban los oficiales, era entonces cuando comenzaban a realizar todo tipo de trabajos: limpiar las cajas, recoger las letras caidas al suelo, traer y llevar las pruebas de imprenta a los autores, ir en busca de los originales y estar a lo que mandara el maestro y el resto de oficiales, desde su almuerzo a cualquier ocurrencia.

   Como estos pequeños habían sido llevados a la imprenta por sus padres para aprender un oficio con el que vivir el resto de sus vidas, no puede extrañarnos que de los cuatro años que duraba el aprendizaje los dos primeros fuera su familia la que se hacía cargo de alimentarles y vestirles, al tercer año, ya comenzaban a recibir alguna propina o pequeño sueldo, entonces el maestro les dejaba acercarse a las cajas para distribuir las letras empastadas o componer pequeñas esquelas de convites o cosas de poca importancia que, por la cuenta que le traían a sus orejas, procuraban hacer bien, y de este modo, con la práctica, ir aprendiendo, progresando en sus conocimientos y aptitudes que llevaría al maestro a destinar a los más aplicados en el conocimiento de lectura y escritura al oficio de cajista y al resto a la impresión, ya que este oficio, hasta la mecanización de las prensas, requería más fuerza que inteligencia.

   Durante bastantes años esta fue la única manera de aprender el oficio de impresor. ¡Menuda suerte la nuestra!.

1 comentario:

  1. Becarios del siglo XXI, haced acto de contricción ¡¡¡ XD

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