Cuando pensamos en la imprenta del Siglo de Oro imaginamos talleres imprimiendo libros religiosos o tratados eruditos. Sin embargo, en la Granada del siglo XVII también existió una imprenta secreta, escondida en una ermita a las afueras de la ciudad, dedicada no a imprimir libros… sino a falsificar papel oficial.
La historia salió a la luz gracias a un documento de 1645 que se conserva en la Biblioteca Nacional de España y en el que menciona a Antonio René de Lazcano, uno de los impresores más importantes de la Granada de su tiempo. René no era un impresor cualquiera: pues pertenecía a una familia ligada a la imprenta desde mediados del siglo XVI. Por eso resulta tan sorprendente descubrirlo implicado en un delito grave contra la Corona, aunque la tentación de obtener dinero facil fuera dificil de resistir. En una época marcada por la vigilancia constante del poder real y el control estricto de la producción impresa, el caso de René revela hasta qué punto incluso quién ocupaba una posición respetable dentro de la sociedad podía verse arrastrado a prácticas ilícitas, movido por la ambición o la necesidad.
El papel sellado era un papel timbrado obligatorio para contratos y documentos legales, creado por Felipe IV para recaudar impuestos. Solo podía imprimirse en Madrid, bajo estricto control real. Falsificarlo suponía un fraude directo al Estado.
El negocio ilegal se articuló entre el propietario de un estanco de papel sellado, el monje encargado de una pequeña ermita y el superior del convento al que esta pertenecía. Para llevarlo a cabo necesitaban una prensa, un impresor y un grabador. Antonio René aportó la prensa y los conocimientos tipográficos, mientras que los grabados fueron realizados por Juan Mayor, nada menos que el marido de Ana, la hija mayor de Francisco Heylan, grabador e impresor de libros de origen flamenco, establecido en Granada desde 1611.
La imprenta clandestina se instaló en la ermita de San Antón, un lugar aislado y poco frecuentado.
El fraude se descubrió casi por casualidad, cuando unos alguaciles entraron en la ermita por otro asunto y encontraron la prensa, los moldes y miles de hojas falsas. Lo más irónico del caso es que, al principio, las autoridades llamaron al propio Antonio René como experto para que evaluara la imprenta. Tras declarar, comprendió el peligro que corría y huyó de Granada.
Nunca llegamos a conocer la sentencia final, pero sabemos que no fue ejecutado. Aun así, este episodio marcó el final de su etapa como impresor en Granada y explica su repentina desaparición de la ciudad y su presencia en Málaga.
Este caso nos recuerda que la historia de la imprenta no solo está hecha de libros y cultura, sino también de riesgos, fraudes y decisiones desesperadas. Y que incluso los oficios más respetables tuvieron, en ocasiones, un lado oscuro.
En el artículo aparecido en el n.º 36 de la revista Alhóndiga pueden leer la historia completa. Espero que les guste.






















