DÍA 6- 30 de septiembre, lunes.
De visita cultura e institucional, compras, visita panorámica y despedida
Sobre el papel, el día se presentaba interesante, pues el programa incluía la visita al Museo Daelim, la Feria internacional de la tipografía Typojanchi, una entrada para asistir a la representación de la obra MISO, una pieza de teatro tradicional coreano, y sobre todo la visita al Servicio Coreano de Cultura e Información (Ministerio de Cultura) responsables de mi presencia en este país.
Para explicar lo que aconteció este día voy a tirar del refranero, hay uno que dice: “El hombre propone y dios dispone”, ya que casi todo el programa, debido a unos cambios de última hora, sufrió una completa modificación, de las actividades previstas solo se mantenía la visita al KOCIS, el resto se cambiaban. Otro refrán muy conocido dice: “No hay mal que por bien no venga”, de manera que lo que se presentaba como una catástrofe, acabó permutándose en un magnífico día, cambié un museo por el Palacio Real de Seúl, una obra de teatro por una visita turística de lo más apetecible y la feria de la tipografía por una visita a un taller de encuadernación artesanal donde, por fin, pude hacerme con un facsímil del Jikji. Que más podía pedir, tras unos días intensos, hoy sería uno más de los miles de visitantes que en esta época del año pasean por Seul.

El Palacio Real es un amplio complejo palaciego construido en 1395 por el Rey Taejo, primer monarca de la dinastía Joseón, cuando Seúl fue designada capital de Corea. Desgraciadamente ha sufrido los avatares de la historia coreana, fue destruido en 1592 durante la primera invasión japonesa y reconstruido en 1867. En 1910, tras la colonización japonesa, fueron destruidos más de 500 edificios del palacio. Lo que hoy vemos es el resultado de la última restauración comenzada en 1990 y que al día de hoy continúa como pude comprobar. Para mi guía, este palacio, es sin duda el más grande y bonito de los que se conservan en Seúl, que creo recordar me dijo que eran cinco. Con las entradas mi acompañante compró una pequeña guía, con la que fue narrándome algunas historias de los distintos palacios y lugares conforme los visitábamos. El recorrido resultó relajado y muy interesante dado que nunca había visitado un palacio de este tipo.
Accedimos al recinto por una entrada situada a la derecha de la Puerta Gwanghwamun, por lo que comenzamos nuestra visita al Palacio Real por detrás de la misma, es cuanto menos curioso ver el contraste entre esta antigua puerta y los modernos rascacielos que sobresalen tras ella, aunque creo que es una buena metáfora de Corea, haber sido capaces de conjugar tradición con modernidad.
Los dos patios están rodeados de corredores abiertos y a ambos lados se levantan pabellones que eran utilizados como biblioteca por el rey y el príncipe. Según me explicaba, esta es la construcción más grande, realizada en madera que ha llegado casi indemne a nuestros días. En la balaustrada de piedra que rodea el edificio se conservan algunas esculturas también antiguas, el resto fue restaurado tras la invasión japonesa.
Y como lo mejor siempre se reserva para el final, poco antes de concluir nuestra visita me topé con un precioso estanque repleto de plantas de loto, con el Pabellón Hyangwonjeong construido sobre una isla artificial en el centro. El palacete es hexagonal y fue edificado en 1456. Un lugar ideal para pasear y meditar apenas a un centenar de metros de la gran urbe que es Seúl, por lo que este espacio es un verdadero oasis.
Apenas un descanso para refrescarnos con un magnifico té frío y de nuevo en marcha, pues la hora de la reunión con los responsables de mi visita a Corea se nos echaba encima.
Salimos del Palacio Real y en apenas unos minutos, el coche se detenía a la entrada del edificio del Servicio Coreano de Cultura e Información (KOCIS),en cuya entrada nos esperaba la responsable de la empresa encargada de haber hecho posible que mi viaje se hubiera desarrollado a la perfección ella se encargó de acompañarme al despacho del Director de la División de Promoción Cultural, el señor LIM Jeong Hwan, que me estaba esperando acompañado de la señora Han Hyeon Kyeong, la Subdirectora de la División, con ellos departí durante cerca de una hora sobre mis impresiones del viaje y los lugares visitados. Al finalizar la reunión les hice entrega de diversos presentes traídos desde España, mientras que ellos me obsequiaron con diverso material promocional y un sello con mi nombre realizado en jade. Tuve ocasión de decírselo personalmente, pero no puedo dejar pasar la ocasión de mostrar públicamente al Gobierno Coreano, a través del Ministerio e Cultura, el haber hecho posible el sueño de conocer en persona los lugares que forman parte de la historia de la imprenta.
Y hablando de alimentación, es curioso, pero después de cinco días comiendo platos coreanos, ya tenía ganas de "hincarle" el diente a un buen trozo de pan y en este local por fin lo pude hacer. El restaurante estaba decorado a la europea, aunque debería mejor decir a la belga, pues el propietario y cocinero era un belga casado con una coreana. Todos los camareros eran coreanos, así como todos los comensales que a esas horas llenaban su local, por lo que al enterarse que había un español en su local quiso acercarse a saludarme, lo genial fue que hablaba muy bien el castellano pues había vivido y trabajado unos años en la Islas Baleares. Me dijo que tenía una carta con platos españoles, franceses, alemanes o italianos adaptados al gusto coreano y que tenía una bodega en la que había vinos españoles de la Rioja. Sin desmerecer a los otros restaurantes coreanos, hoy estaba como “en casa” por lo que el almuerzo fue especialmente placentero, ¡ah! se me olvidaba, y con postre incluido. La sobremesa fue especialmente agradable, de modo que para cuando salimos del establecimiento eran ya las cuatro de la tarde.

A poco metros, una larga fila de coreanos llamó mi atención, estaban frente a un comercio con decenas de unos enormes barquillos de maíz en forma de bastón colgando en su fachada, según me dijo mi acompañante eran para un tipo de helado muy popular en Seúl, la verdad es que ver a las personas con aquellos barquillos rellenos de un helado de crema era divertido.
Desde luego que en esta calle había de todo, pero tenía una singularidad, todos los locales de hostería y restauración se encontraban en la planta alta, mientras que los locales de la calle estaban reservados para los comercios.
Eran las seis de la tarde y apenas habíamos recorrido la mitad de la calle, la culpa, que casi todos los comercios llamaban mi atención especialmente los de cerámica ya que Matilde es una enamorada de estos cacharros y la cerámica celadón coreana es realmente bonita.

Vimos acercarse al sr. Han con una cajita bajo el brazo, cuando llegó lo primero que hizo fue abrirla para enseñarme lo que era, pero con tan mala fortuna de hacerlo boca abajo, de modo que todos los tipos de plomo que traían terminaron por los suelos, menudo "pastel". Rápidamente nos pusimos a coger las letras y devolverlas a la caja, en aquella tarea incluso nos ayudaron desconocidos que estaban cerca de nosotros. Solucionado el problema y pasado el mal rato, nos invitó a entrar en el edificio junto al que nos encontrábamos, yo pensé que para enseñarnos alguna reliquia o antigüedad relacionada con la imprenta, pero cual no sería mi extrañeza al pasar de largo y seguir hasta el segundo piso. Allí se encontraba un taller de encuadernación artística que realizaba ediciones facsimilares de antiguos libros coreanos, entre los que se encontraba el Jikji, del que sólo le quedaba un ejemplar y que amablemente me mostró para que pudiera verlo, aquello era emocionante, una edición que incluía los dos volúmenes, tanto el del xilografía como el de tipografía. Su propietario era un señor mayor que no levantó la vista del trabajo que estaba realizando, supongo que la edad tiene eso, alcanzó el ejemplar del Jikji y se lo entrego al Sr. Han.
Me encontraba hojeándolo cuando le comentó a mi acompañante algo sobre el libro, me quede mirándolos algo intrigado, Jeon, me preguntó que sí lo quería, a lo que asistí con la cabeza, no pudiendo esconder mi ilusión, ¡tener un ejemplar del Jikji!, esa sí que era una inesperada sorpresa, sin aquel buen amigo yo creo que ni se me hubiera pasado por la cabeza entrar a un lugar como aquel a curiosear entre centenares de volúmenes que ni entendía ni comprendía, de haber llegado por un error, no me cabe duda de que hubiera dado la vuelta.
Como culminación al viaje pienso que no podía pedir nada más, el Jikji me llevó a Corea y yo regresaba de ese país con un facsímil impreso artesanalmente de tan maravilloso libro.
Para terminar mi estancia en Seúl, me propusieron realizar una visita panorámica a la ciudad, el lugar elegido se conoce como Bulgak Palgakjeong, un palacete octogonal con un espectacular mirador que fue construido en el año 1968 en la montaña Bugak, justo encima del Palacio Real, un lugar turístico para los habitantes de la ciudad, pues los autobuses tiene el acceso restringido. Las vistas eran impresionantes, de derecha a izquierda uno podía ver la enormidad de esta moderna ciudad.
Ya de camino al aeropuerto nos detuvimos en un restaurante de las afueras de Seúl para realizar la que sería la "última cena" en Corea, en este caso el local era de los que tenía una pequeña barbacoa en la misma mesa yo, la verdad, no tenía mucho apetito por lo que sólo pedí una ensalada, pero mis acompañantes no dejaron pasar la oportunidad de dar cuenta de una buena ración de ternera, panceta, col y unas hojas de lechuga, en este local viví la última anécdota de mi viaje pues, ante la necesidad de aligerar la vegija, pregunte donde estaba el aseo y al llegar pude ver dos puertas con unos letreros colocados encima que a buen seguro indicaban el género de las personas a las que estaban destinados, pero claro, al estar escrito en coreano, ¿dónde entrar? entonces recordé el chiste de "al fondo a la derecha" y esa puerta fue la que abrí, se ve que esta colocación es universal pues acerté.
No hay comentarios:
Publicar un comentario